
"El precio del agua"
A Coruña – Julio 2025
d2phub, i4c
El país que te aplaude sin verte
Esta mañana fui a nadar más temprano de lo habitual. Es verano, y a las ocho y media el sol ya cae oblicuo sobre la piscina descubierta de 50 metros. El agua estaba quieta, como esperando. En la calle de al lado, un nadador deslizaba su cuerpo como si flotara entre dos tiempos. Tenía una técnica limpia, sin tensión. Cada movimiento parecía formar parte de una secuencia invisible, como si llevara haciéndolo desde siempre.
Durante una pausa en la pared, le pregunté si podía compartir calle con él. Me sonrió y asintió con la cabeza, sin decir nada. Empezamos a nadar juntos algunas series rápidas. No podía seguirle el ritmo: una brazada suya eran cuatro mías. Jugaba con el agua y con todos nosotros. Fluía. Estaba disfrutando.
En uno de los descansos, me dio unas indicaciones sencillas sobre cómo dejarme llevar, cómo entrar al agua sin romperla.
—No metas la mano como si quisieras abrirla por la fuerza —me dijo—. Déjala entrar suave, como si le pidieras permiso.
Lo decía con una naturalidad que desarmaba. Como si todo ese conocimiento —el gesto exacto, la economía del esfuerzo, el gozo en lo simple— lo ofreciera sin esperar nada a cambio. Como si quisiera engancharme, sin decirlo, a esa manera suya de vivir el agua.
Ya al final de una serie, mientras yo terminaba medio perdido entre respiraciones torpes, él me esperaba en la pared. Sonriente. Ayudándome. Como si ese acto de nadar juntos —así de simple, así de cotidiano— pudiera salvarnos de algo.
Nos sentamos luego en la terraza del club a tomar un café. El sol ya pegaba fuerte. Hablamos poco. Leímos juntos en el móvil una noticia sobre la problemática de las cotizaciones de los deportistas de élite. Él no dijo nada. Solo hizo un gesto leve, casi imperceptible, como quien reconoce una vieja herida.
No supe que era un nadador paralímpico hasta que salimos del agua. Para entonces ya me había atrapado. Ya no importaba. La excelencia era parte de él. Su discapacidad no lo definía. Su manera de nadar, sí.
Entonces, me contó su historia.
Durante años nadó en línea recta. No hay ninguna metáfora en eso. Simplemente era así.
Por la mañana, cuando el cielo todavía era oscuro y los semáforos parpadeaban sin sentido en las calles vacías, ya estaba en la piscina. Entrenaba entre las cinco y las ocho. Luego, por la tarde, regresaba. Entre las siete y las once, según la época del año. Según lo cerca que estuviera la próxima competición. No recordaba haber protestado nunca. El cuerpo se acostumbra. El cuerpo obedece. El cansancio, con el tiempo, deja de ser una molestia y se convierte en paisaje. Lo que costaba más era el después. Ese eco invisible de todo el esfuerzo, cuando no pasaba nada.
Nadaba para España. Lo supo en 1991, cuando tenía dieciséis años, y lo convocaron por primera vez al equipo nacional para el Campeonato de Europa absoluto. Lo que no supo entonces fue que todo, salvo los campeonatos internacionales, dependería de él. El viaje y la estancia durante esos campeonatos estaban cubiertos, sí. Pero el resto… no. Los entrenamientos previos, las concentraciones de verano porque las piscinas de su ciudad cerraban, el material, los desplazamientos, la fisioterapia. Todo lo demás lo ponían en casa. Sus padres pagaban una cuota mensual al club. Como cualquier otro. Como si su cuerpo no hubiera representado a nadie. Como si todo esto fuera solo una actividad extraescolar que se les había ido de las manos.
En 1992 llegó a varias finales en los Juegos Paralímpicos de Barcelona. El mejor resultado fue un cuarto puesto en el relevo 4x100 libres. Estuvieron tan cerca. Pero al volver, todo siguió igual. Se levantaba igual de temprano. Estudiaba igual. Seguía pagando igual. El país lo había llevado, sí, pero sin llevarlo. Era una presencia sin contrato. Una representación sin contraprestación. Nadie le preguntó si necesitaba algo. Nadie le dio las gracias. Ni siquiera una carta. Y lo curioso es que tampoco lo esperaba.
Un año después, en el Campeonato de España Absoluto, nadó los 50 metros libres en 25.98. Fue récord del mundo. En Ciudad Real. En una piscina cualquiera. Un día que no recuerda del todo. Rompió una barrera. Pero no hubo titulares. Ni notas de prensa. Ni aplausos institucionales. Al día siguiente, volvió al agua. A la misma hora. Con la misma cuota pagada.
Ese mismo 1993 participó en los Juegos del Mediterráneo. Por primera vez se incluía una prueba para nadadores con discapacidad. Fue disruptivo. Novedoso. Nadó los 100 metros libres y ganó una medalla de plata, que contaba igual en el medallero. Nadó con la misma intensidad de siempre, pero esa vez no solo competía: abría una grieta en un sistema que llevaba años cerrado. Aun así, al regresar, el silencio fue idéntico. Ningún presidente autonómico lo recibió. No hubo homenajes. Nadie supo que había estado allí.
Pero siguió. No porque esperara algo. No por reconocimiento. Lo hacía porque el agua tenía sentido. Porque allí dentro el tiempo no se medía en años cotizados ni en declaraciones fiscales. Era un mundo donde todo era inmediato, verdadero. Donde uno avanzaba o no. Y la siguiente brazada era la única certeza.
Vinieron más campeonatos. Más finales. Más podios. Campeonatos de Europa, campeonatos del mundo. Oros, platas, bronces. Nadaba rápido. Cada vez más rápido. En 1996, en los Juegos Paralímpicos de Atlanta, volvió con una medalla de bronce. Se sentó en el avión con ella en el bolsillo. Aterrizaron sin ruido. No había cámaras, ni comitiva. Se bajó solo. Y ahí estaban sus padres, como siempre. Como cuando volvía de los torneos escolares, con el pelo aún mojado y olor a cloro en la mochila.
Nunca apareció una medalla al mérito. No hubo ninguna distinción. Y, en cierto modo, se fue acostumbrando.
Durante los veranos se marchaba a Las Palmas a entrenar al CN Metropole. El viaje lo pagaban sus padres. Lo hacían año tras año. Porque en su ciudad las piscinas cerraban en agosto. Como si el deporte de alto nivel también tuviera vacaciones. Como si no hiciera falta seguir.
Los campeonatos internacionales, al menos, sí cubrían los viajes y la estancia. Pero todo lo que conducía hasta allí… no. El sistema solo aparecía para la foto. No para sostener. La palabra sostenibilidad no existía entonces. Y hoy, aunque se pronuncie más, sigue sin practicarse. En su lugar, se juega al maquillaje verde, al discurso de la inclusión. Se repite que el deporte es social, integrador, ejemplar. Pero la realidad sigue hablando otro idioma.
Nunca recibió ayuda pública. Nunca fue dado de alta por competir. Nunca cotizaron por él. No tiene pensión por todo aquello. No tiene reconocimiento formal. Para la administración, esos años no existieron. Como si, en vez de representar a su país, hubiera estado en casa viendo la televisión.
Mientras nadaba, estudió. Siempre estudió. Primero la carrera. Luego un máster. Luego otro. Luego un doctorado. Se formó en alto rendimiento, en ciencias del deporte, en fisiología, salud, sostenibilidad, gestión deportiva. Quería entender qué pasaba con el cuerpo cuando lo llevabas al límite, por qué algunas cosas funcionaban y otras no. No quería quedarse solo con la sensación del esfuerzo, necesitaba comprenderla. Sabía que tendría que reinventarse. Que lo que no contaba como trabajo, tampoco contaría como currículum. Y aun así lo hizo. Trabajó en federaciones, en consultorías, como preparador físico, como docente. Ha estado en casi todos los lugares posibles desde el deporte. Y cada puerta que toca se abre solo a medias.
No le duele haberlo dado todo. Nunca esperó recompensa. Pero sí creyó que contaba. Y hoy sabe que, para el sistema, no contó.
Cada mañana sigue nadando. No por nostalgia. Es otra cosa. Al lanzarse al agua le viene ese olor —a humedad, a cloro, a repetición— que se le quedó pegado a la piel durante años. No le duele. Le da certeza. De que hubo una vida ahí. De que hubo una entrega real. Aunque nadie la recuerde. Aunque no figure en ninguna parte.
No espera que le den las gracias. Solo espera que no vuelvan a hacerlo con los que vienen detrás. Que a alguien, alguna vez, se le ocurra decir: esto que hiciste… esto sí cuenta.
Y si no lo dicen, tampoco pasa nada.
Aprendió a moverse en silencio.
Aprendió que el país que representas a veces te aplaude sin verte.
Y aprendió que a veces uno nada solo para no hundirse.
Como terapia. Como salud. Como forma de estar con otros.
Como una manera de seguir sintiéndose vivo.
