La azotea que no esperas encontrar
Cuando Fenway Park te enseña, sin proponérselo, el verdadero sentido de la Triple Bottom Line

A Coruña – Noviembre 2025

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Por Dr. Pablo Saavedra Reinaldo

Fui a Fenway Park pensando que iba a recorrer un lugar del que ya sabía casi todo. Un estadio antiguo, áspero, con cicatrices visibles en el hierro verde y en los asientos desgastados. Ese tipo de espacios donde la historia no se explica: se respira.
Imaginaba caminar entre pasillos estrechos, sentir la madera vieja bajo los pies y escuchar ecos de partidos que ocurrieron mucho antes de que yo naciera.

Pero al entrar, descubrí otra cosa.

Jersey Street

Llegué por Jersey Street, una calle peatonal que parece moverse con un ritmo propio. Los cafés humeaban en manos frías y la tienda oficial de los Red Sox daba un calor que contrastaba con el aire de otoño. Las conversaciones iban despacio, como si la calle misma obligara a reducir la marcha.

El estadio no aparece de golpe. Se deja ver poco a poco, como si quisiera comprobar que estás preparado antes de mostrarse por completo.

El interior

Dentro, los pasillos estrechos, los hierros verdes y los desconchones cuentan historias sin necesidad de discurso. Cada señal pintada a mano, cada barandilla desgastada tiene una autoridad tranquila.
Fenway no pide atención. La sostiene solo.

Es un estadio que no compite con la modernidad. Respira a su manera.
Y esa autenticidad pesa más que cualquier pantalla o pasillo brillante.

El campo

Al salir al campo, el verde del césped sorprende incluso en otoño. Brilla de una forma que no parece propia de la estación. Los asientos rojos conservan marcas de muchas vidas.
El cielo inclinado de Boston recorta las gradas como si fuese parte del diseño.

En ese instante aparecen nombres sin que nadie los mencione: Babe Ruth, Johnny Pesky, los días del Monstruo Verde recibiendo golpes que aún viven en la memoria del estadio. No hace falta buscarlos. Están allí.

Mientras el guía continuaba hablando, tuve la sensación de que algo más nos esperaba en otra parte del recorrido.

La subida

Subimos por escaleras metálicas que conectaban distintos niveles. Entre los huecos se asomaba el skyline de Boston, quieto detrás del hierro.
El tour avanzaba sin prisa. Nada hacía pensar que hubiera un cambio de ritmo hasta que el guía abrió una puerta discreta, idéntica a cualquier otra.

Subimos un tramo más.

Fenway Farms

Y entonces apareció el huerto.

Un espacio sencillo: bancales de madera, tierra oscura, flores que aguantaban el frío, riego por goteo, hortalizas creciendo con el cuidado diario de quien entiende el valor real de un lugar.
Nada de carteles. Nada de luces. Nada de simbolismo impostado.

Fenway Farms.

En esa azotea, la Triple Bottom Line se volvía evidente sin necesidad de explicarla.

Planet: cultivo local que reduce desplazamientos y da uso a un espacio que antes no tenía función.
People: alimentos destinados a empleados, aficionados y organizaciones comunitarias.
Profit: eficiencia que reduce costes y mejora la calidad de lo que produce el estadio.

El huerto no buscaba reconocimiento.
Funcionaba porque era útil.
Porque era coherente.
Porque tenía sentido.

Otoño en la azotea

Me quedé quieto.
El aire frío aclaraba todo lo que tocaba. Las plantas se movían con una calma que abajo no existía.
Desde allí, Fenway parecía otro estadio. No por su forma, sino por lo que dejaba ver: una identidad que se expresa sin necesidad de hablar.

El huerto no se proponía ser un símbolo. Era trabajo diario. Era una práctica constante, humilde, sin aspiración de convertirse en titular.

Allí entendí algo simple: la sostenibilidad existe cuando se integra en la vida normal de un lugar.

El descenso

Volvimos a bajar por los mismos pasillos y los mismos escalones.
Nada había cambiado en Fenway Park.
Pero algo sí había cambiado en cómo lo veía.

Ese huerto pequeño, escondido en la parte alta del estadio, tenía más significado que cualquier declaración brillante sobre responsabilidad.
Y mucho más que cualquier informe de sostenibilidad de doscientas páginas que intenta convencer con cifras lo que un gesto sencillo demuestra sin palabras.

La Triple Bottom Line no necesita decoraciones.
No busca protagonismo.
Funciona cuando forma parte natural del sitio donde ocurre.

Fenway Park lo hace sin pretenderlo.
Solo hay que subir hasta la azotea para verlo

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