
“El cuerpo habla, pero el fútbol no lo escucha”
A Coruña – Agosto 2025
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"En el vestuario, un jugador siente que algo no va bien. En el informe, todo parece perfecto. Entre esas dos realidades se esconde el error que el deporte no quiere ver".
Por Dr. Pablo Saavedra Reinaldo
Un futbolista termina un partido y se deja caer en el vestuario. Siente un dolor sordo en el tendón de Aquiles, un aviso que ya lleva semanas, quizá meses. Sabe que algo no va bien. Minutos después, recibe un informe impecable: ha corrido 11,2 kilómetros, ha hecho 27 sprints, ha acelerado 112 veces y ha desacelerado 97. Todo está en orden. El dato dice que está bien. Su cuerpo dice otra cosa.
En el baloncesto ocurre lo mismo. Una estrella de la NBA juega 38 minutos en una noche de enero, encadena vuelos, hoteles y partidos cada dos días. Termina el encuentro con las rodillas en llamas y un Aquiles que cada paso siente más rígido, pero al día siguiente, en la hoja de estadísticas, lo que queda es que metió 25 puntos, cogió 10 rebotes y recorrió casi cinco kilómetros en pista. El público aplaude, la televisión repite sus mates a cámara lenta. Nadie habla del dolor en los tendones que lo acompañan al hotel.
En el deporte moderno se mide absolutamente todo. Cada metro recorrido, cada aceleración y cada salto queda registrado en un GPS o en un software. La tecnología ha avanzado tanto que podemos reconstruir un partido entero en números. Y, sin embargo, las lesiones siguen estando ahí. Tendinopatías, roturas de Aquiles, rodillas castigadas. Nada de eso desaparece. Quizá porque hemos olvidado medir lo que de verdad importa.
El problema no está en cuánto corre un jugador, sino en cómo responde su cuerpo a esa exigencia. Dos futbolistas pueden recorrer la misma distancia, hacer idénticos sprints, tener los mismos números en la pantalla. Dos jugadores de baloncesto pueden saltar el mismo número de veces y ejecutar las mismas jugadas. Y, aun así, uno termina lesionado y el otro no. La diferencia no aparece en el GPS ni en la hoja de estadísticas: está dentro del cuerpo.
La paradoja es que incluso la frecuencia cardiaca se mide durante entrenamientos y partidos. Está en las pantallas, en los informes, en las bases de datos. Pero se interpreta como un número más, sin detenerse en lo que significa. Un corazón acelerado no es siempre señal de intensidad: puede ser también un aviso de agotamiento. La diferencia es enorme, pero a menudo se ignora. Lo importante no es el número, sino lo que cuenta. Y ese paso, el más difícil, es el que muchos clubes no dan.
Y luego está la creatinina quinasa. En muchos equipos, la fatiga se reduce a este único marcador sanguíneo. Si sube, alarma; si baja, tranquilidad. Pero la CK solo es sensible a esfuerzos máximos y puntuales. Es incapaz de reflejar el desgaste lento y acumulado de semanas de entrenamiento, de vuelos transoceánicos, de partidos encadenados. Peor aún: puede confundir daño muscular agudo con sobrecarga crónica, dando una falsa sensación de certeza. Es como mirar el cuadro de mandos de un avión y fiarse solo de una aguja.
Lo que realmente necesitamos es otra forma de escuchar al cuerpo. La verdadera medida de la carga no se resume en una cifra aislada, sino en un conjunto de respuestas internas: la frecuencia cardiaca, que revela el esfuerzo cardiovascular; el lactato, que muestra el coste metabólico de la intensidad; y la percepción de fatiga, que integra lo físico y lo mental. Tres miradas distintas, tres lenguajes diferentes. Cada una con su propio peso. Solo si se escuchan juntas podemos entender la historia completa.
El deporte profesional habla sin parar de load management, de proteger a los jugadores, de gestionar la carga. Pero en la práctica, se mide lo más fácil y se olvida lo más importante. Es cómodo mirar el GPS y ver cuántos kilómetros se recorrieron. Es rápido sacar una analítica y tener un número. Lo difícil es aceptar que el cuerpo humano no cabe en un informe de tres páginas, que un jugador no es una máquina programada para repetir esfuerzos sin límite.
Y mientras tanto, los tendones siguen rompiéndose. En el fútbol, el rotuliano y el de Aquiles. En la NBA, la misma historia: rodillas que ceden después de años de saltos y cambios de dirección explosivos, tendones de Aquiles que se inflaman en silencio hasta que un día se rompen. La medicina intenta reparar lo que la gestión de la carga no supo prevenir. Pero ya es demasiado tarde.
Lo paradójico es que nunca tuvimos tanta información como ahora, y al mismo tiempo nunca hemos estado tan cerca de ignorar lo esencial. Hemos convertido el deporte en una industria obsesionada con los números, pero hemos olvidado lo más básico: escuchar al cuerpo.
La prevención real no vendrá de contar más metros ni de fiarnos de un marcador aislado. Tampoco de elegir entre GPS, frecuencia cardiaca o percepción de fatiga como si fueran rivales. La respuesta está en unir todas las piezas. La carga externa y la carga interna no son mundos opuestos: son espejos distintos de una misma realidad. Solo cuando se interpretan juntas, como partes de un mismo lenguaje, aparece la verdad completa.
El cuerpo humano no se explica en un dato aislado, ni en un gráfico brillante. Se explica en la integración de todo lo que hace y todo lo que siente. El futuro del deporte no está en medir más, sino en interpretar mejor. En volver a escuchar al cuerpo y dejar que los números trabajen a su servicio, y no al revés.
